Paula se levantó sobre las 8h, hizo un poco de deporte, y acabamos de secar la ropa, desayunamos e hicimos las maletas para dejar el hotel. Íbamos, como siempre, con el tiempo justo.

Cogimos el bus A1 justo a tiempo, no sabíamos si las tarjetas de embarque también solo se podían recoger hasta dos horas antes y no queríamos tener que pagar de nuevo otro vuelo. Tras agotar los tickets del bus, y que el conductor nos perdonara uno porque nos vio apurados, tras coger cosas del súper para pasar ese día y tras aproximadamente 40 minutos en bus, llegamos al aeropuerto.

Íbamos muy justos de tiempo, así que salí corriendo hacia la terminal directo a la taquilla del chek-in. Nos tranquilizamos un poco cuando al llegar vimos que había más gente en la fila. Pero con todo lo que nos había pasado hasta que no pusiéramos un pie en la India no nos lo íbamos a creer.

Por suerte lo de la tarjeta de embarque fue bien y nos dieron los boarding pass, ya era un paso más de lo que habíamos dado la última vez. Pasamos todos los controles sin problema y, después de coincidir con otro chico de Valencia que iba camino a Tel Aviv (Israel), nos sentamos a esperar para embarcar.

Nuestras tarjetas de embarque a la India

Ese día Paula estaba demasiado despierta porque aunque poco había conseguido dormir la noche  anterior, con lo que iba a estar más consciente durante el vuelo que eran unas 3 horas, y estaba preocupada.

Embarcamos y como teníamos asientos en filas diferentes (de normal confiamos en que la persona de al lado no le importe cambiarse para que podamos estar juntos en vez de pagar el extra que vale seleccionar tus asientos cuando compras los billetes)  al señor que se sentó al lado de Paula sí que le importaba cambiarnos el sitio. El otro chico, que estaba al otro lado de Paula, le dijo que no tenía problema, pero las azafatas le pidieron, ellas sí muy amablemente, que nos esperaremos a que embarcaran todos y nos sentarían juntos.

Finalmente nos sentamos en la fila 3, al principio del avión, se portaron genial con nosotros y fueron un amor. Salvo en el despegue el resto del vuelo lo llevó bastante bien e incluso pudo mirar por la ventana. Igual era verdad que se estaba acostumbrando, y ojalá sea así porque le quedan mínimo 5 vuelos hasta volver a España.

Pasamos rápido todos los controles y al salir no nos podíamos creer que por fin estábamos pisando la India. Tras sacar dinero y descartar el comprar la tarjeta SIM por comparar y verlo con más calma ya una vez en la ciudad, preguntamos para buscar un bus que nos llevara al hostel que habíamos reservado para las dos primeras noches.

Al llegar, el bus era un caos de gente apelotonada. Nos recordó a Nicaragua, además de que la gente también se subía y bajaba en marcha.  El bus costaba 6 rupias (0’07€), pero al no tener cambio nos lo perdonaron. En el bus un hombre se ofreció a ayudarnos a llegar en metro lo más cerca posible al hostel, pues ese bus nos dejaba todavía lejos de nuestro destino. El ticket del metro nos costó 20 rupias (0’24€) a cada uno. En el metro este hombre habló con otro hombre que bajaba en nuestra parada y se intercambiaron la labor de acompañarnos. Al pasar 2 paradas bajamos y nos señaló donde estaba el hostel nada más bajar del metro.

El tráfico era tal y como nos habían dicho, una auténtica locura. Todos pitando en todas direcciones, por la izquierda como los ingleses, sin respetar a ningún peatón que nunca tenía la preferencia, y sin ley ni control ninguno. Casi nos atropellan 10 veces en 2 minutos.

También nos percatamos enseguida del fuerte olor, las ratas, la falta de higiene, la gente tirada en la calle absolutamente todo, los animales y los niños abandonados. Eso, de noche y recién llegados ya nos impactó tanto como para entrar en nuestro top 1 de ciudades impactantes.

Al hostel se entraba a través de unas estrechas escaleras, al subir vimos que era solo un pasillo estrecho, lleno de literas  con una pequeña recepción,  un baño en el cual yo casi vomito nada más entrar y que estaba lleno.de hombres que no paraban de mirarnos (especialmente a Paula). Además el internet funcionaba mal.

Nuestro primer hostel en Bombay, India

Cuando me acerqué a pagar las dos noches, Paula me dijo que ni se me ocurriera, que esa noche porque ya estábamos allí e íbamos solo a dormir, pero que allí dos días y en ese barrio no hacíamos nada. Así que pagamos una y tras guardar con candado las mochilas nos fuimos a dar una vuelta.

Había mucha vida nocturna y dimos con un mercado, también nos dimos cuenta de que habíamos ido a parar justo al barrio de favelas que habíamos visto desde el avión antes de aterrizar y que desde la comodidad de nuestra butaca nos había llamado la atención en contraste a los edificios altos.

Vida nocturna Bombay

Pero lo compenso todos los puestos de comida que enseguida nos lanzamos a probar. Probamos una especie de bola con garbanzo y salsa semidulce que nos hizo gracia por la manera que tenían de comérselas: te daban un bol pequeño de papel, te ponían una bola y te la comías de golpe, y te iban poniendo hasta 7, donde la última te ponían un ingrediente especial. La verdad que nos gustó mucho y solo costaba 25 rupias (0’3€). Probamos también un kebab por 30 rupias (0’36€) de tallarines y compramos algunos dulces típicos. Todo estaba delicioso. Tras eso nos fuimos a intentar dormir y fue muy gracioso el momento que tuvo Carles con el compañero de al lado poniéndole la pierna encima. Menos mal que estábamos cansados y nos dormimos pronto.

Autor

Experto en marketing y publicidad, profesor de secundaria, viajero y bloguero.

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